Sermon: Clash of Empires

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Saturday, December 9, 2017
Iglesia Luterana Cristo Rey, El Paso, TX
Fiesta de Las Posadas

María y José eran personas ordinarias, gente como nosotros. Vivían sus vidas entre su pueblo. José trabajaba como carpintero y los dos cuidaban a sus familias. Pero sus vidas fueron cambiadas drasticamente por dos eventos. Uno fue que el emperador romano, César Augusto, mandó que toda la gente fueran a los pueblos de sus ancestros para inscribirse en el censo. Esto lo hizo para poder sacar más impuestos. El otro evento, claro, fue que un ángel apareció a María y le dijo que daría a luz al Hijo de Dios. Y de repente, esta pequeña familia se encontró en medio de las acciónes de dos grandes poderes: el imperio romano y el reino de Dios.

Mary and Joseph were ordinary people, regular folks just like us. They lived their lives among their people. Joseph worked as a carpenter and both of them worked to care for their families. And then two events happened that drastically changed their lives. One event was that the Roman emperor, Caesar Augustus, ordered that all people should return to their ancestral homes in order to be registered in a census. He ordered the census so that he could wring more taxes out of the people. And, of course, the other event was that an angel appeared to Mary and told her that she would give birth to the Son of God. These events left this tiny family in turmoil, caught up in the middle of the actions of two great powers: the Roman Empire and the Kingdom of God.

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No podían ser más diferentes estos dos poderes – el imperio romano y el reino de Dios. Por un lado, el emperador romano los obligaban a dejar sus casas y sus campos a viajar donde él mandaba. Buscaba aprovecharlos por su propio beneficio. Por el otro lado, Dios los invitaba a aceptar su llamada de ser la madre y los guardianes de su propio hijo. Dios buscaba levantarlos y por medio de ellos, salvar a su pueblo.

Este niño, el hijo de Dios, era ezperanza encarnada – esperanza para un pueblo oprimido. Y esa esperanza desafiaba a los poderosos de su tiempo. María y José vivían en territorio ocupado por el imperio romano. Y ese imperio veía a sus líderes como seres divinos. Llamaba al emperador el “hijo de dios” y exigían que todo el mundo lo adorara como un dios. Cuando nació Cristo, el verdadero Hijo de Dios, puso en duda la autoridad de César Augusto y su “origen divino.”

Now, these two powers – the Roman Empire and the Kingdom of God – could not have been more different. On the one hand, the Roman emperor forced people to leave their houses and their fields to go where he told them to go. His goal was to find ways to take advantage of the people for his own gain. On the other hand, God invited Mary and Joseph to accept the call to be the mother and guardians of God’s own son. God’s goal was to lift them up and, by means of them, to save God’s people.

This child, God’s son, was hope incarnate – hope for an oppressed people. And that hope directly challenged those in power. Mary and Joseph lived in territory occupied by the Roman Empire. And that empire viewed their leaders as divine beings. In fact, the emperor himself was known as the “son of god” and he demanded to be worshiped as a god. When Christ was born, the true Son of God, it very much called into question the authority of Caesar Augustus and his supposedly divine origins.

César Augusto daba órdenes y conquistaba a otros pueblos y demandaba alabanzas y riquezas de la gente. Por el contrario, el niño Cristo ni tenía el poder de obligar a nadie que hiciera nada. Sin embargo, todo una multitud de ángeles apareció para anunciar su nacimiento y los pastores dejaron sus rebaños para visitarlo y luego dijeron a todo el mundo lo que habían visto.

Los emperadores romanos eran gobernantes al estilo de muchos gobernantes de este mundo: viejos hombres blancos (o a veces anaranjados) que se sientan en sus tronos, rodeado por gente rica y poderosa. César Augusto pasó su tiempo recaudando impuestos, construyendo edificios grandes y caros, y – ¿qué sé yo? – probablemente jugando golf. Mientras, Cristo nació como rey en un establo. Su trono era un pesebre. Y cuando creció, llegó a ser un hombre humilde que se rodeaba por gente humilde: los pobres, los enfermos, y los marginados. Pasó su tiempo sanando, enseñando, y alimentando a los demás.

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Cristo daba vida – y da vida. Cuando los emperadores romanos enfrentaban a sus enemigos, los mataron. Cuando Cristo enfrentó a sus enemigos, permitió que ellos le quitara la vida. Regaló su vida por amor a la humanidad.

Caesar Augustus gave orders and conquered peoples and demanded praises and tributes from the people. By contrast, the infant Christ didn’t even have the ability to make anyone do anything. And still, an entire multitude of angels appeared to joyfully announce his birth, and shepherds left their flocks in the fields to come visit him and then to share the good news of what they had seen with everyone.

Roman emperors were leaders much like many of the leaders of this world: wrinkly old white men (or sometimes orange men), seated on their thrones and surrounded by the rich and the powerful. Caesar Augustus spent his time levying taxes, building massive and expensive buildings, and – who knows? – probably playing golf. Meanwhile, Christ was born a king in a dark and smelly stable. His throne was a manger. And when he grew up, he was a humble man who surrounded himself with humble people: the poor, the sick, and the outcast. He spent his time healing, teaching, and feeding the people.

Christ gave life – and gives life. When the emperors of this world face their enemies, they usually have few qualms about putting them to death. But when Christ faced his enemies, he willingly allowed them to take his own life. He gave his own life as a gift for all of humanity.

En muchos aspectos, nuestros tiempos no son tan diferentes de los de María y José. Igual que ellos, vivimos bajo gobernantes que no siempre actúan por el bien de nosotros ni del mundo. Ahora mismito, el congreso de este país está en medio de aprobar legislación de impuestos que dará aún más dinero a los más ricos, mientras dejará a personas normales como nosotros pagando la diferencia con nuestros impuestos. Legisladores continúan sus esfuerzos para negar acceso a servicios de salud para millones de personas, porque supuestamente cuesta demasiado dinero. Y estos mismos también continúen atacando a los Dreamers y a todos los que han venido aquí buscando una vida mejor para sus familias. Como César Augusto, los dicen que “vuelvan a su propio pueblo.”

In many ways, our times are not so different from the times in which Mary and Joseph lived. Much like them, we live under leaders who do not always act with our best interests – or the interests of the world – at heart. In fact, right this moment, the House and the Senate of this country are in the middle of passing tax bills that will transfer even more wealth to the richest people among us, leaving the rest of us to pay the difference with our own taxes. Lawmakers continue their efforts to deny access to healthcare to millions of people. And these same legislators are still attacking Dreamers and all those who have come to this country seeking a better life for their families. Like Caesar Augustus, they’d rather tell these folks to “go home.”

Sin embargo, aunque vivimos en tiempos parecidos a los de María y José, igual que ellos, también vivimos llenos de esperanza. Vivimos con una esperanza que nació una noche oscura y fría – la esperanza de que hay un poder mucho más grande que los poderes de este mundo – la esperanza de que la vida vencerá a la muerte – y esa esperanza se llama Cristo Jesús. Se llama Hijo de Dios. Se llama Rey de Reyes, Señor de Señores, el Principe de Paz. Él es nuestro rey humilde – él que sana a los enfermos, colma a los hambrientos de bienes, derroca tiranos de sus tronos, y exalta a los humildes.

Cristo está de nuestro lado.  Es Dios encarnado, que ha venido a morar entre su pueblo.  Cristo está siempre con nosotros en los momentos difíciles, asegurándonos que ya ganó su victoria sobre los poderes de este mundo.  Por su encarnación, nos juntó a toda la humanidad a su cuerpo, y por su muerte y resureccíon, nos juntó a todos para siempre en su gloriosa victoria sobre el pecado y la corrupción y la muerte!

Él es el Rey que juntos celebramos esta noche. Y esta noche regocijamos porque este rey, el que de niño no tenía donde acostar su cabeza, ya tiene su trono aquí, en los corazones de su pueblo. Cristo está aquí con nosotros. Y su reino de esperanza no tendrá fin. ¡Aleluya! Feliz navidad.

However, even though we live in times where it’s easy to feel despair about the direction that things are going, like Mary and Joseph, we also live these times full of hope. We live full of a hope that was born one dark, cold night long ago – the hope that there is a power much greater than the powers of this world – the hope that life will triumph over death itself – and this hope’s name is Jesus Christ. Its name is Son of God. Its name is King of Kings, Lord of Lords, the Prince of Peace. Christ is our humble king, the one who heals the sick, who fills the hungry with good things, casts down tyrants from their thrones, and lifts up the lowly.

Christ is on our side.  He is God incarnate, come down to make a home among God’s people.  Christ is with us through the dark times, reassuring us that his victory over the powers of this world has already been won.  Through his incarnation, he joined all humanity to his own body, and through his death and resurrection, he joined us all forever to his glorious victory over sin and corruption and death!

This is the king whom we celebrate together here tonight. And tonight we rejoice, because this king – who as a child had no place to lay his head – has found his throne, here, in the hearts of his people. Christ is here, my friends, reigning among us. And his kingdom will have no end. Alleluia! Merry Christmas.

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