Sermon: Predicando a los Zorros / Preaching to the Foxes

Domingo, 21 de febrero, 2016
Segundo Domingo de Cuaresma
Iglesia Luterana San Andrés, West Chicago, IL
San Lucas 13:31-35 
(English translation follows below)

Cristo y los fariseos

Jesús está predicando en Galilea, sanando a la gente, y expulsando demonios cuando los fariseos se acercan a él. Le amenazan a Jesús, diciéndole que Herodes quiere matarle, y le mandan que huya de la región. Pero, increíblemente, Jesús no les hace caso. De hecho, llama a Herodes un zorro y hasta sarcásticamente sugiere que Herodes lo busque en tres días para matarlo a Jesús en Jerusalén.

Ahora, no estamos hablando de una amenaza ligera. Los fariseos eran muy importantes e influyentes porque eran las autoridades religiosas del pueblo de Jesús. Herodes era el gobernador de Galilea, y no había ninguna duda de que tenía el poder de matarlo a Jesús. De hecho, el padre de Herodes – Herodes el Grande – fue el mismo rey que cometió la matanza de los inocentes, masacrando los niños de los judios con el fin de matarlo a Jesús en su infancia. Además, Herodes – el no tan grande – ya había decapitado a Juan el Bautista antes de este punto en la historia de Jesús. Es decir, la amenaza de Herodes contra Jesús fue bien grave.

Pero Jesús dice a los fariseos que no tiene tiempo para preocuparse de Herodes. Su trabajo es demasiado importante para abandonarlo, y no quiere dejar que ellos lo interrumpan. Está expulsando demonios y sanando a la gente, siendo testigo del amor y misericordia de Dios. Es bien claro que Jesús tiene su propia agenda. Y aunque ya sabe que va a morir, él no permite que los fariseos decidan como sucede su destino.

Jesús no tenía el poder que tenían los fariseos, ni menos el poder que tenía Herodes. Vivió como un hombre pobre y humilde. Era hijo de un pobre carpintero y miembro de un pueblo conquistado por el imperio Romano. En la sociedad de sus tiempos, no era una persona de ninguna importancia. Entonces, ¿de dónde surgió el coraje de Jesús?

Pues, él sabía que nuestro Dios es un Dios de poder. Y aunque las autoridades de este mundo tengan control de la vida terrenal, es Dios quien tiene el control de la vida eterna. Y con el poder del mismo Dios, Jesús pudo resistir a Herodes y los fariseos. Pudo resistirlos aunque tenían el poder de quitarle la vida.

Con ese poder, Jesús proclamó el mensaje del reino de Dios a las multitudes de Galilea. Y vale observar que, igual que Jesús, esas multitudes consistían de gente pobre y humilde. Eran personas que tampoco tenían el poder en su sociedad. Pero precisamente por su situación humilde, ellos entendían muy bien a Jesús. Entendían su ministerio y su misión de una manera que las personas más poderosas, más privilegiadas, y más educadas – como los fariseos – jamás podían comprender.

Cuando Jesús predicó a estos pobres que los primeros serían los últimos, y los últimos primeros, ellos lo escucharon como mensaje de liberación. Y cuando Jesús expresó su deseo de reunir a los hijos de Jerusalén como una gallina a sus pollitos, ellos lo escucharon como anticipo del reino de Dios. Y lo era! Lo que Jesús estaba comunicando era una visión de un pueblo arrepentido, un pueblo volviendose al Señor.

Y después de su muerte y resurrección, Jesús encargó a estos mismos pobres de la misión de diseminar su mensaje al mundo. Jesús les dió el poder y la autoridad de predicar la verdad a todo el mundo, incluso a los ricos y poderosos. Y el resto del nuevo testamento – los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo – dan testimonio de las poderosas obras que hicieron ellos en el nombre de Jesús.

Hasta hoy en día, nuestra generación de seguidores de Cristo lleva esa misma carga de ser testigos a las buenas nuevas del Señor. Y también hemos recibido el mismo poder y autoridad que Jesús dió a sus primeros discípulos.

Es importante que nos recordemos de ese punto. Porque el mensaje de Jesús no es nada fácil de proclamar, ni tampoco de aceptar. Es un mensaje poderoso y subversivo, que interrumpe los sistemas de poder en nuestra sociedad. El mensaje de Jesús es de amor y misericordia, pero también es un mensaje de arrepentirse de las cosas que nos separen de Dios. Es un mensaje de reconocer que hemos dado la espalda a nuestro Dios. No es un mensaje que todos quieren oír. Y no era coincidencia que asesinaron a los demás profetas.

En este tiempo de la cuaresma, estamos muy conscientes del camino de Jesús hacía Jerusalén. Y es imposible olvidar que el mensaje de Jesús le llevó a él hasta la cruz.IMG_3115 copy

Pero el mundo necesita escuchar ese mensaje.  El mundo necesita escuchar el mensaje de Dios – de arrepentirse y volverse a Dios. Por eso, igual que Jesús, nosotros tenemos una misión que es demasiado importante para dejar que nadie nos detenga. Y no nos desanimamos, porque no andamos solos en este camino. Jesús nos acompaña paso por paso. Y sabemos que él es un Dios que tiene poder. Por lo tanto, podemos tener la misma confianza ante los poderes de este mundo que tuvo Jesús ante Herodes y los fariseos. Podemos resistir a las personas que quieren callarnos y podemos superar las fuerzas que suprimen nuestra misión e ignoran nuestra voz.

Así que vayan y diganle a esos zorros, ¡arrepientanse! Porque el reino de Dios está cerca.

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Luke 13:31-35

Jesus is preaching in Galilee, healing people, and casting out demons when the pharisees seek him out. They threaten Jesus, telling him that Herod wants to kill him, and they tell him to flee the region. But, incredibly, Jesus doesn’t pay any attention to them. In fact, he calls Herod a fox and even sarcastically suggests that Herod look for him in three days in order to kill Jesus in Jerusalem.

Now, we are not talking about a weak threat. The pharisees were very important and influential because they were the religious authorities of Jesus’ people. Herod was the governor of Galilee, and there was absolutely no doubt that he had the power to kill Jesus. In fact, Herod’s father – Herod the Great – was the same king who committed the massacre of the innocents, murdering all young Jewish boys with the intent of killing Jesus in his infancy. Furthermore, Herod – the not-so great – had already decapitated John the Baptist before this point in Jesus’ story. All this to say, Herod’s threat against Jesus was serious business.

But Jesus tells the pharisees that he doesn’t have time to worry about Herod. His work is too important to just abandon it, and he has no intention of letting them interrupt it. He is casting out demons and healing people, being a witness to the love and mercy of God. It is very clear that Jesus has his own agenda. And although he already knows he is going to die, he isn’t going to let the pharisees decide how his fate will come about.

Jesus didn’t have the power that the pharisees had, much less the power that Herod had. He lived as a poor and humble man. He was the son of a poor carpenter and belonged to a people that had been conquered by the Roman empire. In the society of his times, he wasn’t a person of any importance. So that makes us wonder, where did Jesus’ courage come from?

Well, Jesus knew that our God is a God of power. And even though the authorities of this world may have control of the earthly life, it is God who has control of eternal life. And with the power of this same God, Jesus was able to resist Herod and the pharisees. He could resist them even though they had the power to take away his life.

With that power, Jesus proclaimed the message of the kingdom of God to the multitudes in Galilee. And it’s worth noting that, just like Jesus, those multitudes consisted of people who were poor and humble. They were likewise people who didn’t hold any of the power in their society. But , precisely because of their humble situation, these people deeply understood Jesus. They understood his ministry and his mission in a way that people who were more powerful, more privileged, and more educated – like the pharisees – would never be able to understand Jesus.

When Jesus preached to these people that the first would be last and the last first, they heard it as a message of liberation. And when Jesus expressed his desire to gather the children of Jerusalem as a mother hen gathers her chicks, they heard it as a foretaste of the kingdom of God. And it was! What Jesus was communicating was a vision of a repentant people, a people returning to the Lord.

And after his death and resurrection, Jesus charged these same poor people with the mission of spreading his message to the world. Jesus gave them the power and authority to preach the truth to the whole world, including the rich and powerful. And the rest of the New Testament – the Acts of the Apostles and the letters of Paul – give testament to the powerful acts that they did in Jesus’ name.

Even today, our generation of followers of Christ have this same charge to be witnesses to the good news of the Lord. And we have also received the same power and authority that Jesus gave to his first disciples.

It is very important that we remember this point. Because the message of Jesus is not an easy one to proclaim, and less easy to accept. It is a powerful and subversive message, one that interrupts the systems of power in our society. The message of Jesus is of love and mercy, but it’s also a message of repenting of the things that separate us from God. It is a message about recognizing the ways that we have turned our backs on God. It is not a message that everyone wants to hear. It was no accident that so many other prophets were killed.

In this season of Lent, we are very conscious of Jesus’ journey toward Jerusalem. And it is important not to forget that Jesus’ message is one that carried him all the way to the cross.

But the world needs to hear that message. It needs to hear the message of God – to repent and return to God. For this reason, just like Jesus, we have a mission that is too important to let anyone stand in our way. And we do not get discouraged, because we are not walking alone on this journey. Jesus accompanies us step by step. And we know that he is a God who has power. For this reason, we can have the same confidence before the powers of this world that Jesus had before Herod and the pharisees. We can resist the people who want to shut us up. We can overcome the forces that suppress our mission and ignore our voice.

So go, all of you, and tell those foxes: Repent! Because the kingdom of God is at hand.

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